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Sur - Barrio De Tango

Sur - Barrio De Tango

Autor:

Editorial:
Argentina

Año de edición:

Páginas:
482

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Descripción

Los presidiarios", así se llamaba la murga de la barra de la avenida Garay y Danel, su pedazo de barrio. Homero, a los 10 años, ya con fama ganada de escribir lindos versitos y, con los ojos preparados para lo nuestro, componía letras de murga ....

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Los presidiarios", así se llamaba la murga de la barra de la avenida Garay y Danel, su pedazo de barrio. Homero, a los 10 años, ya con fama ganada de escribir lindos versitos y, con los ojos preparados para lo nuestro, componía letras de murga sin saber que escribir letras sería uno de los caminos que recorrería. Detrás de aquel disfraz de presidiario, salido de las manos cariñosas de sus hermanas Dora y Esther, hacía resonar las estrofas murgueras, una de las cuales quedaría en su historia personal:
Con el cuento de la guerra, se nos llevan todo el grano, y nosotros, los criollos, con la paja se contentamo.
En ese pedazo de barrio convivían Francisco Caso, José C. Marco, los hermanos Sureda, y muchos otros que integraron su primer mapa ciudadano. Los cuajó en valses, primeras experiencias de letrista, desde los 14 años. Su cabecera de puente era, por detrás, la higuera del vecino del fondo y el galpón de los organitos. Al frente, saliendo del túnel del zaguán de paredes con mayólicas verdes, se desembocaba en el mundo de Garay. La ambulancia de tracción de sangre del "Hospitalito Bosch", las grises y ruidosas chatas del depósito municipal que rebotaban contra el empedrado, el bar de la esquina donde se apilaban idiomas, profesiones y culturas, las que Homero desgranaba en preguntas adolescentes para poblar su cubilete de poeta. Una cuadra más allá estaba el "antiguo jardín" del escultor Riganelli que atraía su dulce mirada y, justo al lado de su casa, la negra y reluciente carroza de la cochería de sus amigos los Banchero, y los altos pescantes de los coches con techos derretidos de una negra cruz, pintados de negro reluciente, donde a pesar de todo se reflejaba la vida. Los conducían dos mayorales galerudos de uniforme entre "murga y lanceros".
Su cielo, el de Boedo. Las caminatas, bajo estrellas mironas, de José González Castillo con su hijo Cátulo y con Homero, en quienes sembraba el dramaturgo, sin saber, las semillas del nuevo día.
San Juan y Boedo, Pompeya, y todo lo que se veía desde el dormitorio del Colegio Luppi: "el paredón", "la esquina del herrero", "Centenera y Tabaré", el "Almacén de la Laguna" en Corrales, junto al "farol balanceando en la barrera", y desde allí, "recostado en la vidriera", "Juana la rubia", "el alfalfar" contiguo, la curva de la vía donde los maquinistas ensayaban sin querer el "silbido de adiós que siembra el tren", todo, todo, todo su Sur aquí, en el Barrio de tango que tanto amó.

Catalogado en

Tango

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